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JACINTO AZPIROZ. . .EL ABRE CAMINOS DEL ARROZ

Reportaje de Hugo Manini

Siempre pensé que el sector arrocero y en particular el tradicional, el de la cuenca de la Laguna Merin, tenia una deuda de gratitud con Jacinto Azpiroz. Y de alguna manera tenemos que  comenzar a saldarla.

Lo visitamos en su casa del Chuy  donde junto a su compañera Rosana,  su colaboradora  Mabel y su perro Toby, pasa largas horas recluido. Ora evocando su larga Odisea en la lucha por abrir  sistemas de riego para el cultivo del arroz, ora tratando de descifrar las imágenes de la TV  cable –en español- a pesar de que la mayor parte de su vida transcurrió en  localidades fronterizas. Ya casi no ve, “a vos te veo mejor en algún programa  en la pantalla, que en vivo, veo muy difusas las imágenes, sé que estas ahí, te veo como una mancha, la diabetes me lleva mal”.

Allí nos recibe con la misma jovialidad que le conocimos hace cuarenta años atrás. Dicharachero, distendido, alegre, ni siquiera se le nota el rastro de alguna  herida mal cicatrizada.  El torrente de sus recuerdos brota como un generoso borbollón, en un flujo continuo sin pausas, abundante como el chorro del agua de las innumerables bombas de riego que inauguró a lo largo de su vida y comienza a revivir el escenario de los años tumultuosos de la epopeya del inicio de la expansión del arroz en el Uruguay a fines de los cincuenta. Como el gran Homero, que aun ciego es considerado el padre de los narradores, revive aquellos legendarios personajes, que tenían mucho mas de varones épicos que de charlatanes de café y  que se daban  cita inexorablemente, en el  “Oasis,” de  su querida ciudad de Río Branco.

De esas peñas participaban junto a nuestro entrevistado, personas que hicieron historia en el sector arrocero: Pancho Gigena, Jaime Serralta, Domingo Navarro, Dardo Posada, Hiran Coitiño, Cheche Silva, Federico Radunz, etc. Otro asiduo contertulio era Daniel Rey  que cuando le ofrecían un aperitivo siempre respondía  lo mismo “yo no tomo aperitivo, pero sírvame un “jerecito”. 

Como seria la fascinación que ejercía  la aventura de salir a colonizar tierras para la pujante agricultura orizicola que el propio iniciador del restoran, Edison Tejera (“El Bagre”) salió el también a ensanchar las fronteras del cultivo.Y los nuevos adquirentes del comercio gastronomico, los hermanos Porto hicieron otro tanto.

Todos te nombran como el “gallego” Azpiroz. ¿Tus antepasados son de Galicia? le disparamos a boca de jarro, para interrumpir el monologo de este memorioso “aeda” y conducir la conversación hacia un terreno mas personalizado.

Vos sabes que no, aquí se le dice gallego a todos los que nacemos en España no importa donde. Y a unos se les dice con cariño y a otros con un dejo de desdén discriminatorio. Yo ya no me caliento más. Soy vasco, y nací en Berasategui, un pueblito que esta entre  Pamplona y  San Sebastián, en Guipúzcoa. Mi amigo Juan Antonio Fariña, que es médico, ese si es gallego.

¿A que edad viniste al Uruguay?

Llegué a Uruguay en el año 1949 cuando tenía 17 años. Me embarqué solo en un barco que venia lleno de españoles que inmigraban al Río de la Plata. Me acuerdo de una familia –el matrimonio y las cuatro hijas- que seguían para Buenos Aires y se pensaban dedicar todos a la industria de la vestimenta. Huíamos de la  pobreza  de la España pos- guerra civil.

¿No te angustiaba viajar solo? ¿Fue un gesto de coraje o de inconsciencia juvenil?

No tenía más remedio que buscar otro camino. Éramos  cuatro hermanos dos varones y dos mujeres y mis padres eran labradores como se decía allá. Yo nací en el año 1931 cuando se proclamó la Republica, ni siquiera fui a la escuela, mi infancia y el comienzo de mi adolescencia quedaron pautados por la turbulencia de la guerra civil.

Solo me acuerdo  en aquel viaje, de un temporal que duro 2 días y las olas tapaban el “ojo de buey” del camarote. Me hice amigo  en esos 15 días que duró la travesía, de Ignacio Iturria el que después fundaría el exitoso restoran “Marisconea” de Punta del Este. Una familia con un sino trágico.

 ¿Y porque Uruguay?

Tenía tres tíos solteros –Simón, Esteban y Rufina – que vivían  en Río Branco. Poseían una tienda que funcionaba en ese edificio acorde con el estilo del Puente Maua, posiblemente también construido por 1930. Se vendía todo tipo de ropa. Era un comercio grande para el lugar. Me acuerdo que había tres tipos de ponchos, uno grande otro chico y el clásico con bayeta colorada.   

Mientras lo escuchaba con atención, por un momento entorne los ojos, y se me representó en la retina, la emblemática “Casa de los Azpiroz”, que se asomaba por encima del puente, como desafiando a las inundaciones, pintada siempre de ese amarillo tan peculiar en ambas márgenes del río Yaguarón y formando parte del paisaje tradicional fronterizo.

Si, se la vendí a Ricardito – continuaba Jacinto acodado en la mesa del comedor de  su casa – y allí funcionó durante muchos años  las oficinas y el departamento comercial de SAMAN  Río Branco  y hoy  me han dicho que se transformó en un local más de los “free-shop” de Río Branco. Toda una historia.

Sabes que durante 30 años integre el directorio de SAMAN y me fui. Cuando liquide el campo y todas mis cosas – y pague todas las cuentas – me pidieron que siguiera. Pero no quise. Sabes que hace poco me vino a visitar Alberto y le dije: vi por televisión, que es por donde algo distingo las imágenes, a Ricardito, el “cabeza amarilla” como le decíamos y cuando lo vi lo encontré tan canoso que decile que lo rebautice de “cabeza blanca”.

Pegué una risotada y a modo de excusa agregue: que queres hermano, el tiempo corre parejo para todos.

¿Y si viniste para trabajar en el comercio de tus tíos como derivaste a la actividad arrocera?

A los pocos años me di cuenta que mi vocación no era ser tendero y me emplee en la arrocera de los hermanos Alamir y José Goncalves (Rosales y Goncalves) cuyo administrador era Seu Seca. Regaban con una represa que hizo un argentino llamado Santos Cuadros. La cosecha se realizaba a hoz y se emparvaba el arroz y se terminaba de trillar cuando comenzaba la siembra siguiente (en el mes de noviembre). La gran innovación fue la adquisición de 2 cosechadoras Massey con bandas. Eso fue para mí, ahora que lo miro a la distancia – han pasado 50 años – como el punto de inflexión entre la agricultura artesanal a tracción a sangre, y la agricultura  mecanizada.

Las madres siempre velan por el destino de sus hijos, sobretodo si están lejos. Y  a mi madre le parecía una barbaridad que trabajara en una arrocera, ella quería que me encausara por el comercio  En aquella época de comunicaciones escasas y lentas, donde las distancias parecían inzanjables, igual llego su sombra protectora, le hizo saber su preocupación a un pariente  mucho mayor que yo,  que vivía en Caraguatá y que se  llamaba Concepción Azpiroz, quien me consiguió un empleo en el Comercio de  Manuel R. Santa Cruz –otro vasco- en la ciudad de Melo. Y al poco tiempo, me llama mi tia para que me vaya a Rió Branco a acompañarla  dado que mi tío Simón  ya viejito –ochenta y pico de años-  había  fallecido. Y la tienda se había liquidado.

¿Pero como retomas tu camino de arrocero?

Sabia que mi vocación era la agricultura y Pancho Gigena me abrió las puertas. Conseguí  $5000 del Banco Trasatlántico a través de un hombre –muy atildado- que operaba en Vergara en negocios rurales, Pepe Henry. Con ese dinero compre 2 tractores “Land Buldog” (uno que compre usado ¡qué trabajo que me dio!) y entré como medianero de Pancho que extraía agua del río Yaguaron y tenia el secador allí donde esta la  empresa de aviones fumigadores de Alejandro Bueno, hoy llegando a Río Branco por la ruta 26. Después los cambie por dos “Case 500”. Plantaba 50 has.de arroz que para aquella época era una superficie importante y tenia que pagar el 35% de la cosecha, por concepto de tierra, agua y secado. Con una cosecha de 80 bls. por ha. el cultivo dejaba un buen margen de ganancia. Y así debuté como empresario arrocero.  

En algún momento creciste como productor, creció tu imagen, te transformaste en pionero, fuiste la avanzada del sector –o al menos de SAMAN- en el Rincón  de Ramírez. ¿Te acordas que al comienzo de los 60 se empezó a jugar fuerte en esa zona? Recuerdo que Arrozal 33 intento expandirse hacia el norte, atravesar el Sarandi  (que era el Rubicon).  Don Emilio Lamaison – aquel tenaz gerente de aquella empresa primeriza en la región – vino a hablar con mi padre para arrendarnos los campos y mandó al agrimensor Juan Vergara para tomar niveles. Y la respuesta no se hizo esperar: apareció sorpresivamente CIPA que le arrendó a mis  vecinos  Venancio y Constantino Uria por un lado y a la familia Amoroso “El Palmar” y “Los Galpones” por otro. 

Y ahí apareciste vos como la avanzada  de Don Ricardo. ¿Me podes evocar lo que significo la fundación del arrozal “Zapata”?

Fue una movilización al estilo de las fundaciones de las antiguas ciudades, con carros, carretas, tractores con rastrones cargando casas de madera, lecheras, consumo, viveres, etc. Nos instalamos en el “Puesto Blanco”, que se consideraba el campo más jodido del Rincón de Ramírez, pero la toma de agua en la Laguna Merin la negociamos con  Don José Liñares un estanciero fuerte, que se formó de la nada y del que me hice muy amigo.

Mira, un día estaba en Montevideo en el hotel London y me llama Pancho Gigena y me dice: pasado mañana tenemos que levantar la semilla de lo de Luther Radunz, para sembrar mil hectáreas. Te imaginas lo que era aquello a mediados de un setiembre llovedor, no había caminos, no usábamos transporte de rueda. Me tome el “motocar” y desde Yaguaron volé en el avioncito mono-plaza que piloteaba José, que con una gran maestría  aterrizaba en lo que yo llamaba el “portaviones”. Y  allá,  junto al Chacho Vergara y  Oscar Rodríguez organizamos el operativo: salieron los tractores de puntones con los trineos de fierro y trajimos  de arrastro las  4000 bolsas de semilla. ¡Imagínate si hubiera caminos como habrían quedado!

Un día cayó Don Ricardo junto a Don Armando Laxalde en el avión con Tomasino. El único que se quedo fue Ricardo, (¡qué temple tenia aquel hombre!), no había tábano, ni mosquito que lo inmutara, recuerdo que nos fuimos a inspeccionar el sistema de riego y nos quedamos a pasar la noche en la costa de la Laguna y el que nos hizo el asado era Cenefelder Aparicio. Nos acompañaba también el gallego Porto (en ese entonces constructor) y el Dr. Podesta Carnelli.

Al  poco tiempo te marchaste  del Arrozal Zapata, ¿esa fue tu única experiencia en el Rincón de Ramírez? 

No, antes de esa experiencia fundacional, yo ya había plantado en el arrozal “Rincón” en lo de Luther, en sociedad con Federico Radunz. De Zapata me fui para   Rocha y arme un sistema de riego formidable, con motores nuevos, en las costas del rió Cebollatí: Ventarrón. Allí tenia una chacra de 400 has., la más linda que había conocido, me imaginaba un rendimiento record, cuando pocos días antes de iniciar la cosecha me cae una granizada. Solo obtuve 400 bolsas...1 bolsa por ha. ¡Increíble!           

A raíz de ese hecho catastrófico se instrumento el sistema de riesgo compartido contra granizo entre los productores de SAMAN.

¿Y después de eso que hiciste?

Le entregué los motores nuevos al Molino y salí a buscar algún otro lugar para seguir haciendo lo único que sabía hacer: plantar arroz.

Y ahí  encontré un lugar maravilloso.Volvi al Rincón de Ramírez,  a lo de Rodríguez Tellechea, instale  una bomba en el arroyo Parao, a nivel de la Laguna ¡qué tierras más lindas y dóciles! Pensar que el negocio lo concrete solo con una conversación que mantuve con Don Carlos en el aeródromo de Treinta y Tres El  venia piloteando su propio avión que lo dejaba allí, para después dirigirse a su establecimiento en un auto de la década del 30 –creo que había pertenecido a Bonapelche, un amigo de Gardel. Hablamos poco y nos entendimos facil.Don Carlos era un gran señor.

Pero tampoco duraste mucho en ese punto ¿qué pasó?

Si, me pude mantener apenas 4 años en ese punto privilegiado. Resultó que Jorge Sanguinetti había hecho un acuerdo con Casarone y Saman, que yo no conocía, de repartir zonas de influencia. Y ese campo en el reparto estaba en la zona que  reivindicaba Arrozal 33.Un día en una reunión de productores de Saman se me dijo que “había que respetar los compromisos”.Trate de mantenerme pero después opte por retirarme. En la vida hay que saber ganar y también saber perder!

Y después te abrazaste definitivamente con Rocha?

Si y aunque te parezca mentira, fue el período que me dio mayores satisfacciones. Contraté aquel gran agrimensor que  era Martín Allende y desecamos mil y pico de hectáreas de un bañado absolutamente improductivo: “El Santiagueño”. Compré campo, por fin. Tuve buenas cosechas y otras horribles, las inundaciones me hicieron sufrir mucho. Luchar contra los elementos es imposible. Y contra los hombres cuesta mucho. Y fatiga. Conocí momentos de alegría y de dolor.¡ Hasta preso a la ciudad de Rocha me llevaron! Era como que el patrono de los gallegos, que yo no soy – el Apóstol Santiago – se me convirtiera en un sino.

Y bueno aquí estoy con mis nanas y sin tierra, pero con la conciencia muy tranquila de haber actuado siempre en la vida con lealtad.

 Jacinto, te voy a hacer una ultima pregunta, ¿si tuvieras 10 años menos y no padecieras la diabetes, seguirías plantando arroz?

Por supuesto que si lo haría, es lo único que hice con gusto en la vida, es la razón de mi vida.

  

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