|
“Si el enemigo definitivo es la deshumanización, la solución definitiva debe ser la revitalización y restauración de la humanidad”
Iseka Daisaku
La reducción de subsidios agrícolas en Estados Unidos para el 2005 será del
orden del 5% y obedece al alza en el presupuesto de guerra. No es, como muchos
podrían pensar, el resultado de una conciencia sobre la necesidad inaplazable de
luchar contra esta
aberrante política que, junto con su similar europea, ha deprimido marcadamente
los precios de los productos agropecuarios, perjudicando especialmente a los más
pobres entre los países en vías de desarrollo.
El mundo conoce ampliamente el daño que provocan los subsidios agrícolas y que acompañan al enorme y creciente abismo que separa a los privilegiados de los más pobres. En este nuevo ámbito globalizado, para muchos es evidente la necesidad de modificar conductas y valores además de que resulte necesario reenfocar las relaciones personales con una actitud más humanitaria. Sin embargo impera todavía el enfoque mercantilista con su consiguiente ética de legalidad y de mercado: si es legal o si lo determinan las fuerzas de mercado, es ético. En un círculo vicioso, los que más subsidian son también los que hacen las leyes que les permiten competir en mercados contaminados por esos subsidios. Y, en otro círculo infernal, los subsidios de los opulentos condenan a los miserables a devengar salarios de miseria en su lucha por sostenerse en una competencia injusta que, según les predican, los va a sacar de aquélla.
Así las cosas, en lugar de enfocar las soluciones hacia los aspectos de fondo, caemos en la disputa sobre legalismos y en las trampas de la ley, en donde impera la Ley de Oro: “El que tiene el oro hace la ley”. Después se gastarán enormes fortunas para ganar los litigios que demuestran hasta la saciedad, pero sin la contundencia necesaria para modificar actitudes, que los subsidios son inmorales. El litigio contra los subsidios del algodón, que empobrecen a miles de campesinos de Egipto, Malí o América Latina para favorecer a los potentados emporios de Estados Unidos, costó millones de dólares y varios años. En la actualidad, y aunque existe un tope al subsidio individual de $360,000 dólares por año, son muchos los productores norteamericanos que logran recibir más de un millón de dólares mediante diferentes artilugios reglamentarios, como dividir una empresa en varias firmas menores con el fin de cobrar el tope por cada una de ellas. Así, el 60% de los subsidios que se pagan favorecen apenas al 10% de los establecimientos productivos. En contraste, el campesino empobrecido de Malí percibe, en este macabro teatro real, aproximadamente mil dólares al año.
Al caer en ese juego y aceptarlo como norma moral y ética, nos resignamos a no alzar la mirada para buscar lo que, desde el punto de vista humanista, conviene. Ese debería ser el punto. Porque tenemos que buscar una ética humanista que parta de la realidad tecnológica y social que vivimos para llegar mucho más allá. El progreso técnico desprovisto de humanismo no libera a la humanidad sino que la esclaviza. Tenemos que actuar con la conciencia plena de que la situación actual no es el final de las cosas ni era el objetivo, sino una simple escala temporal, una transición de cambios acelerados y abruptos en donde se toleran todavía muchos esperpentos sociales.
Para nadie es un secreto que todo el aparato internacional, diseñado en los años 40 según la visión clara y precisa de Franklin D. Roosevelt, obedece a los intereses del grupo de la OECD (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), el club de los países más ricos del planeta, donde todos mantienen una armonía que cualquier cartel envidiaría, para orientar las leyes del comercio internacional por las sendas que mejor se ajusten a las conveniencias de los más poderosos. Las contradicciones poco importan. El humanismo aparece sólo cuando se trata de favorecer al grupo más poderoso. Y esta ética se promulga con garrote: el que no la observe, será sancionado.
La historia confirma que la costumbre -en el comercio internacional- ha sido el abuso y el engaño desde que los fenicios, holandeses o españoles trocaban hojalata por oro. Era la moral aceptada, ya que esa palabra proviene del latín “mos/moris”, que significa costumbre. Pizarro engañó a Tupac Amarú, no sólo al robarle el oro entregado, sino al romper su palabra y matarlo. Eso nos enseña que, en los negocios, es peligroso mostrarse considerado y confiado con quienes no tienen escrúpulos para sacar siempre ventaja, cuéstele lo que le cueste a la contraparte.
No podemos resignarnos a vivir tan por debajo de las posibilidades que se nos ofrecen por apego a las costumbres y porque algunos estén ensimismados con los juguetes de la tecnología, con los jugosos dividendos de los poderes insospechados que vienen con ellos y con las ganancias abismales que se quedan en manos de dos o tres afortunados oportunistas y algún que otro tramposo que estaba en el momento y en el lugar adecuados para lucrar con las tendencias avasallantes, y a quienes el mercado recompensa exageradamente. Está bien que haya recompensas y beneficios. Pero también es claro que debemos lograr que esos beneficios se expandan por toda la tierra. Debemos entender que el bienestar mundial está muy lejos de lograrse cuando más de la mitad de la población está aún avasallada en condiciones de extrema pobreza.
Ese bienestar global implica que no podemos tolerar situaciones endémicas de miseria ni trastornos sociales de dantescas proporciones, como el hambre, el desempleo o las actividades informales y marginales, actividades a las que se deslizan millones de seres humanos que luchan por no sucumbir ante las desgracias que les imponen la injusticia, la indiferencia y la ceguera de sus “semejantes”. Hoy se reconoce que el buen negocio se fundamenta en el principio de “todos ganan”. Es un principio de elemental equidad. Mal servicio le hacen a esa meta los burócratas que promulgan las cifras promedio, las tasas de crecimiento y otros mil numeritos que se empecinan en cubrir la realidad: hablamos de cantidades crecientes de seres humanos que sobreviven en condiciones infrahumanas, no de simples números. Poco significa, entonces, que los porcentajes sean más bajos o que las tasas de crecimiento de esos exabruptos sean menores.
Es obvio que las cifras desnudas no se pueden dar porque causan
molestia. Entonces optamos por no llamar a las cosas por su nombre. Y, por arte
de magia, la molestia desaparece. ¿Hasta cuándo? La estrategia de esconder la
cabeza, como el avestruz, nunca dio buen resultado a largo plazo. Estamos todos
en la misma barca. Si la barca hace agua -y ya la mitad se está
mojando- pronto todos estarán flotando en las aguas de la miseria colectiva
porque, cuando se hunda la barca, la riqueza es la primera que se va para el
fondo. Esto ya se ha pasado muchas veces.
Hablamos de resultados nefastos que parten de consensos viciados: no podemos mantenernos impávidos ante la costumbre de aceptar que la ética es lo que sea, pero legal. La esclavitud fue legal por mucho tiempo y en muchas partes. En la época de Hitler era legal acabar con los judíos. Ahora es legal aplicar subsidios que condenan a la miseria e infelicidad a millones de personas. Tampoco es sano aplicar la ética del mercado: el mercado dicta que los países andinos deben producir drogas como la cocaína o la heroína. Y el mercado, con el piñón laboral atascado por visas y prohibiciones, conduce a agudas situaciones de desempleo.
La aldea global tiene que perfeccionar una nueva ética para la globalización. Como decía San Pablo: miremos lo que es conveniente. ¿Para quién? En primer término para los que más lo necesitan, para los menos favorecidos. Los afanes y las presiones para firmar acuerdos de apertura, lo antes posible, no se justifican. No deberíamos tener afán alguno para que los más ricos hagan acuerdos ventajosos y acumulen aún más riqueza a expensas de reducir las posibilidades y aumentar la desgracia de los menos favorecidos. Y tampoco se justifica la premura si los que menos tienen no están convencidos y confiados de que, esta vez, podrán ganar. De nuevo, la lógica es la de legalizar prácticas para que así sean éticas y ejecutables. En la medida en que subsistan disparidades que condenan a millones de personas a situaciones infrahumanas, no puede hablarse de bienestar a menos que desarrollemos sistemas sofisticados que nos impidan sentir el malestar del prójimo como propio. Tal vez Aldous Huxley tenga la respuesta y la tecnocracia, con sus seres del tipo alfa y delta, produzca un Mundo Feliz. Mientras tanto, apelemos a soluciones más reales y más naturales.
Los arroceros de América Latina tenemos bastante claro que la búsqueda de mejores condiciones de vida para todos pasa por las soluciones tecnológicas y por la necesidad del lograr ser más eficientes y competitivos. Además tenemos que propiciar tecnologías que estén en armonía con el ambiente. Y por encima de todo tenemos que buscar comportamientos que sean dignos y dignificantes desde una óptica que incorpore la vigilancia de intereses plenamente globales sin que eso implique, ni mucho menos -y muy por el contrario- descuidar los intereses locales.
En este orden de ideas, la señal respecto de cuál será la actitud de los países
más ricos en lo concerniente al futuro del proteccionismo agrícola y a estas
cuestiones de ética global no parece que apunte en la dirección que quisiéramos
ver. Debemos estar atentos a las reglas
de
juego para no quedar al margen de negociaciones que vayan a contramano de los
intereses que procuramos.
“Nosotros debemos ser el cambio que queremos ver en el mundo”, dijo Gandhi. Cada vez debemos estar más empeñados en propiciar condiciones que contribuyan a mejorar las condiciones de bienestar general para todos los habitantes del mundo. Estas ya no son horas de elaborar constituciones o leyes que sólo se enfoquen, como siempre se hizo, en defender los privilegios de pequeños grupos nacionales, desconociendo los males que esas acciones pueden conllevar a los menos favorecidos e ignorando que, en la aldea global, el bienestar de unos será el malestar de otros. Cada vez será más difícil preocuparse sólo por el bienestar de la propia tribu sin tener en cuenta las repercusiones que ocurran en el resto de la aldea.
(Tomado de “Foro Arrocero Latinoamericano”, vol. 11, núm. 1, marzo de 2005)
|
|
Área Institucional |
Datos Estadísticos |
Publicaciones |
Área exclusiva para Socios | © Asociación Cultivadores de Arroz
|