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             RÉQUIEM PARA LA       INDUSTRIA METALÚRGICA VINCULADA A LA PROCUCCIÓN
ARROCERA

Comienzos, auge y ocaso de la empresa de Darío Camacho en José Pedro Varela

                                                                                                                                 Marco Rivero

Los Camacho llegaron procedentes de la argentina provincia de Santiago del Estero, donde el padre de familia, Antonio Camacho, un especialista en motores a vapor, oriundo de la zona de Solís de Mataojo, departamento de Lavalleja, se dedicaba a la producción agropecuaria.

Luego de algunos problemas de salud de don Antonio, a fines de la década del ’40, la situación económica de la familia no era la mejor, por lo que decide regresar al país y radicarse en la zona de Corrales, hoy José Pedro Varela, donde él y sus tres hijos realizan diferentes labores y se desempeñan en comercios e industrias arroceras locales, donde aún funcionaban máquinas a vapor.

Tras algún tiempo de empleado en el molino de don Nicolás Casarone Darío Eugenio “Coco” Camacho renuncia para montar junto a su hermano Derly su propia empresa, inicialmente dedicada a la fabricación y reparación de aberturas metálicas en el año 1951.

LOS COMIENZOS

La creciente actividad productiva de la zona demandaba cada vez una mayor tecnificación en las labores agrícolas, tecnificación que permitiera mejorar los rendimientos, optimizar las labores.

Es así que empiezan a trabajar en la fabricación de sembradoras y arados, con lo que pudieron ir adquiriendo y fabricando más herramientas tecnificándose y paralelamente capacitándose, pues ambos contaban con una instrucción escolar básica y el oficio lo aprendieron a medida que trabajaban. No eran ingenieros, pero sí muy ingeniosos.

Sin embargo, la sociedad de Darío y Derly no dura más que cuatro años, al cabo de los cuales cada uno emprende su propio camino, pero en la misma actividad.

A medida que van siendo necesarias, incursionan en la fabricación de carretas graneleras, taiperas y encimadoras.

Con la creación de las “traíllas”, Darío logra el que se le reconoce como su primer éxito de ventas. Se trata de una máquina que permite automatizar el movimiento de tierra en volúmenes importantes, facilitando la tares que previamente demandaban mucho tiempo y mano de obra.

La máquina fue un suceso. Habiéndose vendido hasta la actualidad unas 3.000 unidades en todo el país. Casi no hay establecimiento que no tenga una, nos aseguran la mayoría de los consultados.

El empresario consigue el apoyo de capitales que invierten en la empresa, la que ostenta un despegue importante y pasa a funcionar en las instalaciones actuales, unos 2.500 metros cuadrados techados en dos galpones, e incorporando tecnología de punta.

LOS AÑOS DE ORO

Mercedes Rodríguez, “Pola” -así se la conoce unánimemente en la ciudad-, quien se desempeñó en tareas administrativas junto a Camacho durante veintiún años (desde 1965 a 1986), destacó la preocupación que éste tenía por ir reinvirtiendo continuamente el capital que generaba, lo que le permitía  estar permanentemente sumando  la mejor tecnología disponible.

Por el año 1976 la empresa “Darío Camacho Maquinaria Agrícola” cuenta en su plantilla con unos 70 funcionarios en el taller, funcionando en dos turnos. Para las tareas cuenta con seis tornos, una fresadora (o fresa), un balancín, una guillotina y una plegadora que llegó desde Checoslovaquia.

Esta máquina fue importada directamente por la empresa, lo que incluso motivó que llegara a Varela una representación diplomática de ese país, ya que se constituyó en la venta más importante que unitariamente se hizo a una empresa uruguaya. Tenía una potencia de descarga de 250 toneladas por centímetro cuadrado, lo que obligó a hacer perforaciones de unos 13 metros para asentarla.

Las máquinas que allí se armaban eran creaciones propias o diseños que se adaptaban a las condiciones locales, a las características del suelo. Esto, en igualdad de condiciones, garantizaba su éxito, pues su durabilidad sería superior a cualquier similar importado.

Así, sus carretas graneleras, sus elevadores, sus zorras, sus cisternas, etcétera, tenían una gran ventaja comparativa respecto a lo extranjero, siempre y cuando el precio fuera competitivo, cosa que ocurría por esas épocas. La empresa estaba consolidada.

Uno de los aspectos que resaltan en la filosofía de empresario de Camacho fue su constante preocupación por la capacitación del personal, cosa que fue particularmente destaca por las fuentes consultadas para la elaboración de este artículo. Se aseguró siempre de contar con personas capacitadas, los mejores, si fuera posible.

Jorge Ibáñez, quién trabajó durante varios años en la empresa, de la que fue capataz y uno de los que se radicó, en Argentina cuando el empresario monta una industria similar a la de José Pedro Varela, cuenta al respecto: - “Había peones comunes, pero normalmente el primer día que entrabas ahí, lo primero que te hacía hacer el capataz era medir algo con el calibre para ver si sabías. No te servía el diplomita que todos tenemos, no, tenías que saber, porque era la forma en que a él le convenía trabajar. Casi todos los que entramos allí salimos de la Escuela Industrial, de Talleres Don Bosco también vino mucha gente”.

Todas las semanas llegaba a los galpones de Darío un camión FORD 1414, propiedad de la empresa, cargado de material para trabajar.

Derly recuerda que en aquella época se empleaban en su taller unos 210.000 kilos de material y unos 1.380 kilos de electrodos al mes.

Por esos años el sector arrocero, principal destino de la producción de Camacho promediaba entre 60.000 y 80.000 hectáreas sembradas, menos de la mitad de lo de hoy en día, lo que llama a la reflexión sobre lo que hubiera podido llegar a ser si hubiese podido acompañar el crecimiento del cultivo.

LOS PRIMEROS SACUDONES

La extensión de la empresa de Camacho era tal que llegó a abrir una sucursal en Argentina, para muchos una decisión cuestionable, que si bien no tuvo demasiada repercusión en la posterior caída, fue contemplado como un hito negativo.

Jorge Ibáñez dice: “Yo estuve en Argentina, Él montó allí una empresa en Entre Ríos entre el ’74 o ‘75, yo fui como encargado para enseñarle a los que iban cuando se abrió allá, para enseñarles todo el proceso. Estuve seis meses y en otra etapa un año y algo más.

También se trabajó bien allí. Después vino la debacle de Argentina y ya la tuvo que cerrar, porque creo que perdió dinero allá”.

Mercedes Rodríguez cuenta que una de las grandes virtudes de Camacho fue el sobreponerse a cada crisis, a cada coletazo que recibía de los problemas que periódicamente afectaban al arroz, con la creación o incorporación de nuevos productos, que permitieran mejorar la labor agrícola.

Ibáñez cuenta: -“Los que estábamos ahí nos dábamos cuenta que lo que venía de afuera era lindo, se vendía, pero no iba a funcionar, y ahí está la prueba, se rompía, pero con un año o dos años que tengas una competencia brutal de esas, no puede una empresa aguantar. Se notó, ahí nos dimos cuenta que no se vendía tanto. Principalmente los accesorios graneleros: venían todos bien hechos, pintaditos.

Estos estaban bien hechos también, pero tenían mucho más material, porque al él conocer la zona, como trabajaban los arroceros y lo duras que eran las condiciones de trabajo en las arroceras, les ponía más material y el costo se iba arriba. No se podía competir. Cuando un carretón costaba 5.000 dólares y era imposible fabricarlo a ese precio. De ese rubro se hizo poco, se cambió para hacer otro tipo de cosas”.

La competencia que suponía la industria brasileña principalmente obligaba a esmerarse en el ingenio, pero también a que el empresario viera reducirse sus márgenes de ganancia.  Lo prefirió de esa manera antes que rebajar la calidad de su trabajo.

Y SE QUEBRÓ LA TABLITA

El hecho económico conocido popularmente como “Quiebre de la tablita”, en el año 1982 fue un golpe muy duro; dejó prácticamente fuera de carrera a su hermano Derly, que siguió igualmente trabajando en condiciones muy diferentes a las de los mejores años de la metalúrgica varelense.

Derly Camacho cuenta: “Teníamos hasta representantes en Paraguay para vender la maquinaria que se fabricaba acá. Se había ya conversado con amigos de un importador de hierros. Íbamos a mandar 25 rastras juntas, estaban prontas en el taller… rompe la tablita…

No pude hacer frente a un crédito que yo jamás tomé, sino que cambié una cuenta en dólares. Esa cuenta que cambié en dólares no me la quisieron pasar a pesos. Me la dejaron en dólares, creció un disparate, era impagable”.

Al trabajar con materia prima importada y ésta subir su precio en el País, deteriorando aún más la rentabilidad de la empresa obligaba una vez más al empleo del ingenio.

Camacho necesitaba sacar un as de la manga.

Aparece la Land Plain, una máquina niveladora que fue el emblema de la empresa en la década del ’80.

En su versión de mayor expresión medía 18 metros de largo y ofrecía óptimas condiciones para el terreno de la zona. El diseño fue copiado de una máquina estadounidense, cuyo precio en el mercado era muy alto.

Las variantes que le introdujo y un costo sensiblemente menor para una máquina de rendimiento muy aceptable la convirtieron en un éxito.

COMIENZA LA CAÍDA

A los crecientes problemas de pérdida de rentabilidad, que Camacho afrontaba para seguir manteniéndose en carrera contra una industria que verdaderamente producía a escala y que contaba con la materia prima en el país, se suman otros instrumentos que facilitan el ingreso de maquinaria brasileña.

El sector gestiona ante las autoridades una solución a la pérdida de los márgenes de ganancia, por ejemplo a través de la devolución impositiva.

En el año 1986 la denominada Cámara de Fabricantes de Maquinarias Agrícolas y Afines, que agrupaba también a empresarios de Florida y Canelones en su exposición señalan que se hallan perjudicadas porque, aunque están exoneradas del impuesto al valor agregado, son consumidoras finales de grandes cantidades de IVA en la materia prima, por lo que tienen que absorber un costo fiscal muy importante.

En su argumento indican que la situación de los fabricantes próximos a la frontera, se ve agravada además, no sólo por la notoria circunstancia de lo que ingresa en importación directa, sino también por la introducción de equipos en régimen de admisión temporaria. Carros graneleros, cinceles, rastras, arados, aporcadoras, carpidores, traíllas para fabricar azudes, y otros equipos entran al país.

Esta agremiación efectuó planteamientos en el Ministerio de Economía y Finanzas para que “se adopten las medidas necesarias para que la tan mentada lucha contra la introducción de maquinaria, ya sea en forma ilegal o semilegal, tenga su mejor defensa en precios más remunerativos para la maquinaria nacional”.

Tales expresiones fueron recogidas en la Cámara Alta del Parlamento por el Senador Rondán, hombre del departamento de Cerro Largo, que, a los expuestos problemas, agregó la siguiente inquietud, que ilustra un panorama de cómo fueron los últimos años de Camacho al frente de la firma.

Hace pocos días (…) fue ocupada la fábrica del señor Camacho, quien acaba de regresar de Estados Unidos luego de haber sido sometido a una muy delicada intervención quirúrgica al corazón.

Luego de las negociaciones, con intervención del delegado del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, se consiguió, por lo menos, la desocupación de la empresa. (…) El delegado del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social llega a una conciliación. Se demuestra –tengo en mi poder una fotocopia del acta– que no asiste razón a quienes han ocupado la empresa productora de maquinaria agrícola de la zona.

Como única salida –véase aquí el contrasentido de ciertas situaciones– el señor Camacho, el más importante productor de maquinaria agrícola en esa zona, donde hay carencia total de trabajo, fuera de las arroceras, la Intendencia, algún cargo en la Jefatura de Policía, o en las plantaciones de soja,  ofrece en venta la empresa a sus empleados por la suma de dinero que el Banco de la República, o el tasador que se designe, considere se debe abonar por ella. Sin embargo, los obreros estiman que no están en condiciones, ni desean hacerse cargo de la misma.

Tal vez sea esta una de las situaciones más graves, que va a significar, con el cierre de la empresa o su paralización, tal como en este momento sucede, una verdadera situación de desocupación. Si bien se trata de 17 ó 20 empleados los que están trabajando en este momento en la empresa, lo máximo que puede ocupar por tratarse de una actividad zafral, su cierre va a significar una mayor carencia de empleo en aquella zona, tan necesitada”.

EL OCASO

Darío Camacho fallece en el año 1991. Su empresa era ya una sombra de lo que un día había sido. Golpeado por los problemas y derrotado por la lucha a costa de su propio bienestar, su corazón dijo basta. “El stress lo venció”, aseguran sus allegados.

La industria que fue el orgullo de una ciudad emblemática para el interior del País en sus días, perdió su eslabón fundamental: al hombre que reunía todas las condiciones que se requerían para llevar adelante una empresa de esas características.

Ya nada sería igual.

Las veces que he ido últimamente, entro y me mata la nostalgia, porque entrar a esas paredes y ver todo vacío (…) cerrás los ojos y no podés creer que eso no exista. Me acuerdo que venían canales de televisión de todo el País, no había una semana que no vinieran de algún lado, porque no podían creer que en el interior del país existiera alguien que hiciera máquinas, porque se hacía todo nuevo ahí”, dice Ibáñez.

LA HERENCIA

Hoy en día en José Pedro Varela trabajan unos 23 talleres metalúrgicos, la mayoría se dedica a la reparación y mantenimiento de maquinaria.

Uno de los más importantes es el de Daniel Guerra, establecido en el 1999, que cuenta con 16 operarios. Allí se fabrican algunas de las líneas en las que incursionó Darío Camacho.

La propia estructura creada por Camacho hoy en día se encuentra operativa, su hijo, Darío Camacho Sosa junto a su madre, Mirtha Sosa Duarte se encuentran al frente de la firma. El taller cumplirá su cincuentenario este 2005, en el mes de setiembre.

Se siguen aplicando en el trabajo algunas de las ideas de Darío padre, como el incorporar productos novedosos para la producción local. Es el caso de las denominadas “ruedas lenteja”, que se colocan en el tractor y permiten desagotar un campo en muy poco tiempo. Comederos para ganado, modernas cisternas, cajas para camiones, en fin, una amplia gama de productos se continúan haciendo.

Asimismo por encargo se sigue fabricando toda la línea de productos desarrollada por el histórico empresario. “Casi no hay lo que no se pueda hacer aquí en metalurgia”, afirma Darío Camacho hijo.

Sin embargo siguen luchando contra los mismos problemas y hasta han soportado sus propias crisis, como la reciente del 2002, en la que el precio del metal pasó de 12 a 33 pesos el kilo por motivos cambiarios y por el fenómeno de la expansión China, que ha provocado la suba del precio de todos los metales.

Igualmente han continuado tecnificándose, incorporando modernos equipos soldadores y cortadoras de láminas.

Pero el legado lo recibieron también muchos hombres que hoy en día llevan adelante sus emprendimientos propios, como el consultado Jorge Ibáñez.

Hay que reconocerlo, fue la escuela, lo podés preguntar, hay cantidad de compañeros que se quedaron, que trabajan acá en Varela. Todos pasamos por ahí, fue una escuela. Si no hubiera tenido la oportunidad de estar en ese lugar no habría aprendido lo que se ahora. Con él se podía aprender”.

ALGUNAS CONSIDERACIONES FINALES

Es necesario precisar que en muy difícil tratar de construir una visión objetiva basándose en relatos que son puramente subjetivos. Los testimonios citados, las fuentes consultadas, las personas, ven la historia parcialmente, porque cada uno ha sido parte de ella y es utópico pensar que tomen objetivamente los hechos que nos ocupan a la hora de armar este apasionante puzzle.

También puede que algunas fechas no coincidan, pues, como se dijo, dependemos de la memoria, siempre selectiva, siempre subjetiva, que a veces deja de lado algunos datos.

Darío Camacho muere en el año 1991, que es el año que se constituyó el Mercosur. Era un pionero de la industria metalúrgica de apoyo a la actividad arrocera. En el momento del apogeo de su empresa el área del cultivo era menos de 1/3 de la que llegamos a fines de la década del ’90. Pero no era el único. Tenemos que recordar de Montevideo las industria BM y SUREÑA, en Charqueada el emprendimiento del cura Vicente Monteleone, en Río Branco Juan Punshke y Falero, para nombrar algunos.

Hubiera sido natural que estas pequeñas industrias, más allá de sus fracasos puntuales, hubieran acompañado el crecimiento del sector arrocero y hubieran crecido en su misma proporción, pero muchas de ellas cerraron y otras se transformaron en importadores de los mismos productos de la siderurgia de San Pablo.

Según datos de la Dirección de Aduanas, del 1/1/05 al 31/5/05 se importaron de Brasil el 90% de Tractores, el 100% de las Cosechadoras, 94% de Rastras (niveladoras, excéntricas, etc.), 100% de Traillas, 56% de carretas y Tolvas graneleras y 88% de de Silos.

 

LOS SECRETOS DE LA INDUSTRIA DE MAQUINARIA DE CAMACHO

Jorge Ibáñez, trabajó durante varios en la empresa, fue capataz y hombre de confianza de Camacho y uno de los enviados a Argentina cuando la empresa se extiende con una sucursal en Entre Ríos.

El ex empleado de la empresa nos ilustró acerca del trabajo con Camacho en la que llamamos época de oro. “En agosto del ’71 llegué, después de terminada la Escuela Industrial y había un llamado a aspirantes con conocimientos y me presenté. Conocí el taller viejo, o sea, el galponcito chico y participé en la creación del grande, que fue pasando por arriba del otro y cuando estuvo pronto se sacó el chico.

Cuando yo llegué había tecnología para trabajar, o sea, en herramientas lo que había, en la zona era lo mejor, pero en ese cambio, cuando se pasó al otro local se agregó mucho más maquinaria, que nosotros nunca habíamos visto. Siempre se preocupó de tener muy buena herramienta”.

Uno de los especto que destaca Ibáñez era la capacidad de Camacho para colocar su producción: “No sé si era la facilidad que tenía para  vender o qué, pero siempre vendía, siempre vendía… salía una semana o dos de gira y cuando volvía, venía con un portafolios lleno de órdenes de trabajo y al otro día empezaban a salir y a llegar al material”.

Otra de los factores por lo que se lo reconoce es la calidad que exigía para los productos, Ibáñez lo vivió en carne propia.

En ese momento uno era muy joven, Él se ‘calentaba’, como decíamos nosotros, pero ahora le doy la razón, porque fue la única forma de hacer las cosas bien, porque cuidaba muchísimo la calidad de los trabajos; era una persona que estaba contigo conversando, pero estaba pensando en qué estaban haciendo otros. Salía de allí y seguramente encontraba algún detalle en otra máquina, siempre estaba todo el día pendiente de todo” contó.

Se trabajaba en un régimen muy ordenado, optimizando tiempo y resultado: “Venía el que contrataba el trabajo, hacía las transacciones y después ya él mismo hacía el plano normalmente o lo mandaba hacer con alguien, creo que había una persona que dibujaba y de ahí pasaba al taller y el trabajo se distribuía, había que ir al depósito a ver si había, sino había que traer los materiales, salía el pedido y empezaba todo un proceso.

En el depósito había una estadística que permitía saber si faltaba esto o aquello. (…) Cada uno tenía cierta cantidad de máquinas que ya las hacía de memoria, entonces sabían que venía el pedido de una máquina ‘X’ e iba a fulano, porque ya la había hecho, así salía rápido. Todos teníamos una especialidad. Lo mío era en chapa, piezas de sembradoras, carretones, una cisterna, todo eso, después habían otros que hacían trabajos más pesados. Así uno estaba práctico. Estaba bien organizado, cada uno tenía su banquito de trabajo y su lugar”, dijo.

 

  

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