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                 EDITORIAL

TENEMOS QUE SOBREVIVIR PARA VER LA LUZ

El hecho físico que marca el comienzo de una nueva zafra es la labor de siembra. Y ya comenzamos a repetir ese rito de todos los años: al llegar la primavera depositamos la semilla en la  tierra con la seguridad de que la naturaleza no nos va a defraudar.

Lo que tendría que ser motivo de alegría, lo estamos haciendo con recelo y preocupación.

Cuando ya creíamos haber franqueado la crisis del fatídico cuatrienio 99/03 y estar pisando terreno firme, los productores arroceros nos enfrentamos a un panorama que nos plantea muchas  interrogantes.

El precio que reciben por la bolsa nuestros productores cayó a pesar de que los indicadores asiáticos se han venido recuperando en forma sostenida en los últimos dos años. El mayor exportador  del mundo -Tailandia- vuelve a rozar los U$S 300 por tonelada, que es casi el doble de las cotizaciones que pautaban las tendencias bajistas de la crisis que creíamos haber superado. También las existencias mundiales del grano se han reducido a la mitad. El problema, entonces, está planteado fundamentalmente en el mal manejo del arroz de la región y en la inhibición de acceder a los mercados de América Latina debido al dumping y a la competencia desleal del comercio.  

Asistimos a un doble juego letal: por un lado el precio se reduce y por el otro se  producen subas desmedidas en los costos de producción. La apreciación del peso uruguayo incide directamente en las tarifas públicas que se facturan en pesos. En algunos casos, por factores internacionales, se han visto forzadas a subir los precios, como en el caso de los combustibles. A eso se le suma la inflación en dólares de los insumos, como en el caso de los fertilizantes binarios, la urea y otros agroquímicos.

No queremos que vuelva a repetirse la historia de que las divisas que genera el arroz sean un buen negocio para la sociedad en su conjunto pero pésimo para quien las genera.

En medio de este panorama sombrío, la decisión tomada por el gobierno -de apoyar nuestra vieja aspiración de hacer respetar nuestros derechos en el concierto internacional- no es menor. Es como una lucecita en medio de la oscuridad de los túneles, la vía genuina que va a abrir el horizonte a este exitoso cultivo que posee nuestro castigado país.

Pero el camino de Ginebra, ya sea para la negociación bilateral con EE.UU. como para la consulta formal ante la OMC -que no dudamos será exitoso- es una solución en el mediano plazo. 

¿Cómo estará nuestro sector cuando ello ocurra? ¿Cuántos de nosotros podremos seguir? ¿Qué quedará de nuestra estructura productiva, de nuestra integración? El desarrollo tecnológico, ¿existirá? Con ese escenario, ¿de qué habrá servido tanto esfuerzo realizado?

Los productores arroceros seguimos esperando una respuesta del Poder Ejecutivo que nos permita subsistir hasta que tengamos mejor acceso a los  mercados.

Si bien en más de una oportunidad hemos demostrado ser vocacionales de la supervivencia, en esta oportunidad necesitamos ayuda para ver la luz.

  

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